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Martes, 10 de Enero de 2017

El hombre detrás del arte siniestro

"El arte debe ser siniestro porque siniestra es la vida". Esta es una de las máximas que resumen el pensamiento de Líbero Badií y que quedó marcada a fuego en la memoria de su hija Ana.

 

¿Cómo era el hombre detrás del artista? ¿Qué lo inspiraba a crear esas piezas únicas que lo instalaron como el gran escultor argentino? ¿Cómo transcurrían los días del genio creativo capaz de interpelar al mundo acerca de temas tan trascendentales como “El Deseo”, “La Gloria” o “La Libertad”?


Preguntas como éstas son las que invaden a los visitantes de la Casona Alsina, sede de la Fundación BBVA Francés y del Museo Líbero Badií, donde se exponen las esculturas, pinturas, dibujos, grabados, bocetos y  libros del artista.

 

Para responderlas es necesario conocer la historia íntima y personal de Badií, de la que su hija Ana fue testigo privilegiada. La mayor de los siete hermanos, fruto del matrimonio de Líbero Badií y Alicia Margot Daulte, caracteriza a su padre como un hombre callado y reflexivo, capaz de concentrarse y perderse durante horas en las profundidades de la creatividad, las formas, los colores y la irracionalidad.


“Mi padre se cuestionaba cómo habría sido su vida y su carrera si no hubiese tenido a su familia. Para él un artista debía dedicarse a su arte, sin casarse y sin tener hijos, pero mi mamá lo conquistó”, dice Ana Badií mientras se le ilumina la mirada al recordar los momentos de su niñez transcurridos en su casa-taller, donde confluían bajo el mismo techo el hogar de una familia numerosa y el espacio de trabajo de un artista transformador.

 

Cuando los expertos analizan el legado artístico de Líbero Badií, descendiente de una familia de marmoleros italianos, destacan su habilidad para trabajar y combinar materiales diversos (piedra, mármol, yeso, madera, bronce y metales) y reconocen el valor inspiracional de las culturas antiguas y las grandes obras arquitectónicas y estéticas de América y Europa.

 

Su viaje iniciático por América Latina apenas recibido de la Escuela Superior de Bellas Artes, dejó en él una huella indeleble. “Mi papá nos hablaba mucho de su viaje por América, de la gente que conoció, de los paisajes y de sus nuevas experiencias. Su relato respecto a la llegada a Machu Picchu montando a caballo y cómo lo impactó la majestuosidad de la antigua ciudad, nos hacía viajar junto a él”, recuerda Ana.

 

Este contacto directo con las culturas ancestrales de nuestro continente y su posterior viaje a los grandes centros culturales europeos dieron origen a su particular estilo, caracterizado por formas misteriosas y policromadas que -según explicó él mismo- indagan acerca de “la potencia vital de lo primitivo” y “la energía enigmática de la vida”.

 

Para Ana Badií hay otra fuente de inspiración más íntima y más profunda que atraviesa la obra de su padre: su familia. “Nosotros, nuestra historia familiar, está reflejada en las esculturas y los dibujos de mi papá. `La fecunda´, una de sus grandes obras, la realizó en 1953 durante uno de los embarazos de mi madre. `La Madre´, `La Muñeca´ son otros ejemplos de cómo su mujer y sus siete hijos aparecemos en su creación”.

 

Como todo gran artista, Líbero Badií desafió las estructuras, los preconceptos y se arrojó al vacío de la creatividad con la libertad como estandarte. De esa misma forma educó y formó a sus hijos. “Hagan lo que quieran”, recuerda Ana que les decía su padre en una indicación que, lejos de mostrar despreocupación, era una manera más de desafiar a sus hijos e invitarlos a crecer.

“Nos crió libres”, dice hoy la mujer que, con ojos de niña, vio gestar y ayudó a hacer realidad varias de las piezas que hoy se exhiben en la Fundación BBVA Francés. “Con su arte mi padre interpelaba al Mundo acerca de los grandes temas de la Humanidad y esas mismas preguntas nos las hacía a nosotros mientras compartíamos la mesa, lo ayudábamos en su taller o pasábamos alguna tarde de verano cerca del río: ¿Qué significa para vos ser libre? ¿Qué creés que es La Gloria? ¿Qué deseás?”

 

Badií supo traducir esa vocación por indagar en los misterios de la vida, de la humanidad, de sus pasiones y de sus pensamientos en un estilo particular, único y enigmático: el arte siniestro cuya esencia es la exploración permanente de la energía enigmática de la vida que está fuera de cualquier explicación racional.

“El arte tiene que ser siniestro porque siniestra es la vida” es una de las máximas de Badií que quedaron grabadas a fuego en la memoria de su primogénita y en las creaciones artísticas que hoy interpelan a cada espectador que se para frente a ellas. 

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